Desde finales de la década de los setenta un número significativo de travestis brasileñas llega a Europa, inicialmente a Francia, para insertarse en el mercado del sexo local. El flujo de travestis entre Brasil y Europa se mantiene hasta nuestros días, a pesar que los territorios “conquistados” y las modalidades del trabajo sexual hayan sido reconfigurados. Sin embargo, poco se sabe sobre ellas. Se las considera como “hombres” que generalmente ingresan al territorio europeo para dedicarse a la prostitución. También es habitual que se las identifique como “gays travestidos”, destacando precisamente que es la sexualidad –homosexual- la que definirá sus identidades al mismo tiempo que –de forma anecdótica- se transvisten. Activistas y ONG ?s más comprometidas con las identidades de género y la sexualidad las nombrarán como ‘transgéneros’, ‘trans’ o ‘transexuales’, invisibilizando muchas veces la particularidad de las travestilidades. En definitiva, las confusiones y el desconocimiento que envuelven a las identidades travestis son muy frecuentes y están arraigadas, sobre todo, en una larga tradición sexológica y médica. […]
La temática de la prostitución fue sumamente recurrente en el discurso político y legislativo de la primera mitad del siglo XX en Chile, principalmente por la explosión demográfica del fenómeno en las ciudades y por el avance incontenible de la sífilis. El mundo literario tampoco se quedó al margen de esta nueva discusión, e hizo un importante aporte por visibilizar, por primera vez en la literatura nacional, las prácticas sociales que se ocultaban detrás de las cifras y la sífilis, todo aquello que no se decía sobre la prostitución la literatura lo pone sobre la mesa, evidenciando la dicotomía entre las prácticas sociales y el discurso legal amparado en las teorías médico higienistas. Una forma de análisis posible de este escenario es el de los imaginarios sociales, reconocer como estos van emergiendo y posicionándose del discurso literario nos permitirá comprender mejor aquellas prácticas sociales tan arraigadas en la sociedad chilena. […]
En el año 1991 organicé en Lugar de Mujer* talleres de sexualidad femenina llamados “mujer, cuerpo y placer”. La propuesta del trabajo constituía un desafío ante las imposiciones de la cultura heterosexista que condiciona la relación con nosotras mismas y con los/las demás, a través de la negación del cuerpo y de nuestra sexualidad.
El silencio fue el primer muro que apareció como defensa de la vergüenza y el miedo que se habían ido instalando subrepticiamente dentro de nosotras.
Luego, la desinformación de aspectos relativos a nuestra erótica y al placer, sostenida desde los mitos y los temas tabú. En ese momento me impactó la vigencia de aquellos textos que hablaban de los mandatos ancestrales del sistema hegemónico en tanto mujeres exiladas del poder. Y no existía correlación entre esa desinformación y el nivel de instrucción, todas sabían más o menos lo aprendido (lo enseñado) y operaban desde ahí. El placer y los recorridos de la erótica eran poco conocidos/frecuentados por la mayoría de las mujeres participantes. […]