La expansión de los derechos humanos, así como su defensa e institucionalización, se ha convertido en el lenguaje indiscutible, aunque no la realidad, de la política global. Este texto plantea la cuestión del universalismo en los sentidos cultural, metafísico, moral y legal en referencia al debate contemporáneo sobre los derechos humanos. Defiendo que existe un derecho moral fundamental, el «derecho a tener derechos» (Hannah Arendt) de todo ser humano a ser reconocido por otros, y a su vez reconocer a otros, como una persona con derecho a respeto moral y a derechos legalmente protegidos dentro de una comunidad humana. Los derechos humanos articulan los principios morales que protegen la libertad comunicativa de los individuos. Estos principios morales son distintos de la positivización legal y de la especificación de estos derechos; existe sin embargo una conexión necesaria y no meramente contingente entre los derechos humanos en tanto que principios morales y su forma legal. La unidad y diversidad de los derechos humanos sólo se puede defender desde la base de un compromiso con formas democráticas de gobierno así como con una sociedad civil y una esfera pública libres. «Otro universalismo» sugiere que los procesos de aprendizaje y las conversaciones, así como los enfrentamientos sobre el alcance y la justificación de los derechos humanos, no son discusiones globales. […]
“Pluralidad” e “intersubjetividad” son palabras que definen el pensamiento de Hannah Aendt y Luce Irigaray. Más que configurarse como conceptos filosóficos, estas palabras buscan referir la trama de relaciones humanas (Aendt) o la relación entre hombres y mujeres diferentes (Irigaray), en esferas o zonas que permiten la mediación “yo/tú” y la revelación de un “quien” singularizado mediante la acción y el discurso. Darle curso a estas experiencias supone enfrentarse con uniformizaciones tiránicas y saberes que han priorizado a una humanidad fabricada por las ciencias naturales y sociales, dificultando el ejercicio de una democracia plural más que representacional. En este artículo me propongo comparar los planteamientos de las autoras mencionadas respecto de las tensiones entre prácticas relacionales y prácticas utilitarias de corte totalitario-patriarcal a las que se responsabiliza de poner en peligro o suprimir las relaciones entre ciudadanos/as y las relaciones de género como relaciones políticas. […]
Quiero reflexionar en torno a la posibilidad de articular nuevos giros, reapropiaciones y reclamos en los que la experiencia, las diferencias y los modos de despliegue del reconocimiento y las localizaciones múltiples se vuelvan capaces de proponer preguntas y posturas críticas que interroguen las posibilidades de impulsar la noción de un nosotras que contenga la capacidad de desplegar al mismo tiempo ficciones y gestos políticos que remuevan las certezas que clausuran la identidad. Es urgente pensar en nuestras formas de nombrarnos, pero también en los silencios, omisiones y potencias que surgen desde ellas. ¿Qué se juega cuando comenzamos a conjurar nuestros nombres de otro modo y a partir de estas nuevas formas de nombrarnos interrogamos a la historia? ¿Qué es lo que puede un nombre? ¿Qué sentido tiene decirse historiadora feminista? […]